Buen día de caza entre podenqueros

15 diciembre 2010

Se remontaban meses atrás las invitaciones a campear, a salir de caza, pero hasta el miércoles pasado no tuve el placer de disfrutar una de las invitaciones que mi amigo, José Mariscal, me hacía cada vez que hablábamos vía telefónica.

Con mi padre y mis dos perros a cuestas, puse rumbo hacia el coto de José, limítrofe con Madrid, pero perteneciente a Guadalajara. La mañana prometía, y estaba seguro de que alguna pieza nos haría frente.

Al llegar, tanto mi amigo, como su compañero de caza, Toño, nos estaban esperando. Llegábamos unos minutos tarde. Tras los saludos pertinentes, yo me monté en el coche de José y partimos hacia su coto. Mi padre, nos seguía detrás con nuestro coche.

¡Qué buena pinta tenía el terreno! Yo ya lo conocía, era el mismo coto que cacé hace poco, dónde solté las codornices para que los cachorros espabilasen. Sé que había conejo, ya que cuando estuve, los perros no hacían otra cosa que irse tras ellos.

No tardaron en montar las escopetas, sacar  los perros y empezar a cazar. Pero menos aún tardaron las primeras piezas en dar la cara, un bando de perdices que Toño tiró algo lejos. Como buenos cazadores, comenzaron a acelerar el ritmo, ya que la mañana se había decantado por la pluma, al tener la suerte de sacarlas tan pronto. En el vaivén de la caza, Toño tuvo un percance, cayéndose encima de la escopeta y clavando el cañón de esta en el barro. Decidimos irnos hacia el coche, limpiar la escopeta y tomar el almuerzo.

Sin demorarnos mucho, pensamos en dar otra vuelta, esta vez,  algo más conejera pero sin perder a las perdices de vista. Los perros consiguieron mover algún que otro conejo, sobre todo, la perra veterana de José, Taracena, que volcó un conejo desde una ladera a otra, y que algunos perros aprovecharon para pegarle una carrera.

Nos estábamos decantando por los conejos, cuándo dos perdices dieron la cara, y el compañero de José pudo abatir una de ellas. Por fin, y tras cinco vuelos, se dejaban ver. José y yo, subimos la ladera para irnos definitivamente a por los conejos, cuando Romerales, el perro más experimentado de Toño salió tras un rastro, éste lo siguió y consiguió abatir la segunda perdiz.

Continuamos la mañana de forma menos acelerada, que es como se debe cazar el conejo, dejando trabajar a los perros. Se iban moviendo algunos, pero en un terreno tan duro como aquel, no había posibilidad de tirarlos.

Espeluznante, es el calificativo que se merece el lance que protagonizó la cachorra de seis meses, de nombre Fauna, al sacar un faisán de un chaparro. Poco le faltó para sucumbir ante la dentellada de la perra. ¡Qué bonito! ¡Cómo me gustó la perra!

Poco después, se abatió un conejo, que según narra mi padre, fue un lance precioso, pena no tener el placer de poder degustarlo. Toño, nos tuvo que dejar a media mañana, ya que tenía que trabajar, pero nosotros continuamos cazando en los barrancos, y, aunque no tuvimos suerte, disfrutamos con el trabajo de los perros.

Fue una mañana estupenda, y aunque hubo algún percance con mi perra, pudimos disfrutar del buen día de caza entre amigos, que esperemos, pronto podamos repetir. Las perras de José, me encantaron, sobre todo la cachorrita de talla chica que a pesar de ser la más pequeñaja, tiene más genio que ninguna.  ¡Gracias por el día que pasamos!

 

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SEGUNDO DÍA DE DESCASTE DE CONEJOS

22 julio 2010

Hoy, día 22 de Julio he ido por segunda vez al descaste de conejos sin perro. Como ya es tradición en mí, me acosté tarde porque sabía que no dormiría de los nervios, y tras varias horas deambulando por la cama, decidí levantarme, eran las cuatro y veinte de la mañana.

Cuando me preparé y recogí el almuerzo, tuve que esperar un buen rato, y harto de esperar me despedí de mis padres, y me baje a la calle cuando el reloj aún no marcaba las cinco y media. Aproveché para llamar a mi gran amigo Xuso, que sabía que estaría despierto y así charlar un ratito, cuando digo ratito, digo hasta las seis, ya que a esa hora vino el compañero con el que voy, y nos fuimos hacía el coto.

Un poquito antes de las ocho empezamos a cazar, yo iba de morralero y vi como se escapaban siete u ocho conejos, que muy listos ellos, escogían el mejor sitio para huir. Daniel, el compañero, tuvo la escopeta hasta las nueve menos cuarto, tiempo en el que cazó dos conejos, y digo tuvo, porque a partir de ahí me dio su canana repleta de cartuchos y su escopeta y me dijo: ¡a cazar!

No se harían esperar mucho las oportunidades, ya que empezamos a cazar en una zona de monte bajo poco espeso, donde se ven bien los conejos, sobre todo si te subes a las grandes piedras que por allí surcan el suelo.  Y las dos primeras que salieron, tuve la suerte, de aprovecharlas, el primero lo deje correr, quizá demasiado, hasta llegar a menos de un metro de la boca, donde recibió el disparo y se metió en la madriguera chillando, cosa que me da una rabia brutal, pero no lo pudimos coger. La segunda oportunidad, salió poco después, cuando estaba encima de una piedra con varios metros de altitud donde se divisaba todo el terreno alcanzable por la escopeta muy bien, salió un conejo con las orejas pegadas al cuerpo y le pegué un tiro, nada, y en el segundó  le abatí, aunque no le pegué del todo bien y todavía ando un par de metros. Mi primer conejo cazado de verdad, y cobrado ¡qué ilusión, estaba nerviosísimo!

Tras este pequeño festival de emociones, sentimientos y felicitaciones de los compañeros, seguimos en la faena.  Pasamos de cazar monte bajo poco frondoso, a meternos en pastizales que te cubrían por el ombligo y en los que caminar era difícil. Fue aquí donde más pudimos disfrutar, los dos cazadores que íbamos, y eso que no abatimos ningún conejo en este lugar, pero era emocionante verlos tan ágiles y como te ganaban la partida, ya que no te daba tiempo ni a apuntar porque no se les veía.

Para finalizar la mañana,  dimos una vuelta a unos pastos de mediana altura, y sería aquí donde los conejos más se reirían de mi juventud e inexperiencia. Conseguí sacar un mismo conejo cinco veces por oído, cada vez que se corría le situaba, y le volvía a sacar, saliéndome de los pies y volviéndose. Hasta que se fue detrás de una piedra alta, en la cual me subí, y le pude disparar un tiro, el cual herré, el conejo se cambio de pastizal y conseguí volverlo a sacar, otro tiro, y a criar buen amigo, me ganaste la partida.

En definitiva, una mañana muy buena y emocionante, con mucho aire que refrescó el ambiente. Vi muchos conejos parados a los que no disparé, otros tantos, que me salieron en los pastos altos y no me dio tiempo a dispararlos, y nueve o diez más que si disparé a tenazón y se fueron a criar. Me reiteró en el comentario del otro día, es un  coto muy bueno, con buena densidad de conejo, hoy no he visto perdices ni liebres, pero si muchas palomas torcaces y codornices. Estas últimas, nos alegraron la mañana con su canto.