Descaste de egoísmo

10 julio 2011

El árido estío acaba haciendo mella en la afición. La erosión va desgastando la roca caliza que marca mis escrúpulos y cuando quiero entrar en el mundo legible, estoy rodeado de escopeteros sin sentido que intentan engañarte, cuál drogadicto que lucha por su dosis, para que su morral acabe superando la treintena.

Un día de descaste de conejos que pasará a la historia por el egoísmo y el afán de cosechar de unos, y por las ganas de pasear la escopeta de otros 😀

Cómo no dice el refrán: Cuánto más conozco a los cazadores, más quiero a mi perro.


SEGUNDO DÍA DE DESCASTE DE CONEJOS

22 julio 2010

Hoy, día 22 de Julio he ido por segunda vez al descaste de conejos sin perro. Como ya es tradición en mí, me acosté tarde porque sabía que no dormiría de los nervios, y tras varias horas deambulando por la cama, decidí levantarme, eran las cuatro y veinte de la mañana.

Cuando me preparé y recogí el almuerzo, tuve que esperar un buen rato, y harto de esperar me despedí de mis padres, y me baje a la calle cuando el reloj aún no marcaba las cinco y media. Aproveché para llamar a mi gran amigo Xuso, que sabía que estaría despierto y así charlar un ratito, cuando digo ratito, digo hasta las seis, ya que a esa hora vino el compañero con el que voy, y nos fuimos hacía el coto.

Un poquito antes de las ocho empezamos a cazar, yo iba de morralero y vi como se escapaban siete u ocho conejos, que muy listos ellos, escogían el mejor sitio para huir. Daniel, el compañero, tuvo la escopeta hasta las nueve menos cuarto, tiempo en el que cazó dos conejos, y digo tuvo, porque a partir de ahí me dio su canana repleta de cartuchos y su escopeta y me dijo: ¡a cazar!

No se harían esperar mucho las oportunidades, ya que empezamos a cazar en una zona de monte bajo poco espeso, donde se ven bien los conejos, sobre todo si te subes a las grandes piedras que por allí surcan el suelo.  Y las dos primeras que salieron, tuve la suerte, de aprovecharlas, el primero lo deje correr, quizá demasiado, hasta llegar a menos de un metro de la boca, donde recibió el disparo y se metió en la madriguera chillando, cosa que me da una rabia brutal, pero no lo pudimos coger. La segunda oportunidad, salió poco después, cuando estaba encima de una piedra con varios metros de altitud donde se divisaba todo el terreno alcanzable por la escopeta muy bien, salió un conejo con las orejas pegadas al cuerpo y le pegué un tiro, nada, y en el segundó  le abatí, aunque no le pegué del todo bien y todavía ando un par de metros. Mi primer conejo cazado de verdad, y cobrado ¡qué ilusión, estaba nerviosísimo!

Tras este pequeño festival de emociones, sentimientos y felicitaciones de los compañeros, seguimos en la faena.  Pasamos de cazar monte bajo poco frondoso, a meternos en pastizales que te cubrían por el ombligo y en los que caminar era difícil. Fue aquí donde más pudimos disfrutar, los dos cazadores que íbamos, y eso que no abatimos ningún conejo en este lugar, pero era emocionante verlos tan ágiles y como te ganaban la partida, ya que no te daba tiempo ni a apuntar porque no se les veía.

Para finalizar la mañana,  dimos una vuelta a unos pastos de mediana altura, y sería aquí donde los conejos más se reirían de mi juventud e inexperiencia. Conseguí sacar un mismo conejo cinco veces por oído, cada vez que se corría le situaba, y le volvía a sacar, saliéndome de los pies y volviéndose. Hasta que se fue detrás de una piedra alta, en la cual me subí, y le pude disparar un tiro, el cual herré, el conejo se cambio de pastizal y conseguí volverlo a sacar, otro tiro, y a criar buen amigo, me ganaste la partida.

En definitiva, una mañana muy buena y emocionante, con mucho aire que refrescó el ambiente. Vi muchos conejos parados a los que no disparé, otros tantos, que me salieron en los pastos altos y no me dio tiempo a dispararlos, y nueve o diez más que si disparé a tenazón y se fueron a criar. Me reiteró en el comentario del otro día, es un  coto muy bueno, con buena densidad de conejo, hoy no he visto perdices ni liebres, pero si muchas palomas torcaces y codornices. Estas últimas, nos alegraron la mañana con su canto.